LA INSTAURACIÓN DE LA INQUISICIÓN EN EL SIGLO XIII[Distribuido
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2 de marzo del 2000 (David W. Cloud, Fundamental Baptist Information Service, P.O. Box 610368, Port Huron, MI 48061-0368, fbns@wayoflife.org) -- Lo que sigue es un extracto de A History of the Christian Church [Una Historia de la Iglesia Cristiana] por William Jones. Este libro fue publicado primeramente en 1812 y ha sido republicado desde entonces, pero actualmente no se halla disponible. Yo completé recientemente la corrección del texto y el diseño de estos volumenes de historia bautista para la web. Esto está en el sitio web de Way of Life Literature en la sección de Historia de la End Times Apostasy Online Database [Base de Datos Online de la Apostasía de los Últimos Tiempos] [http://wayoflife.org/~dcloud]. La edición electrónica de esta Historia de Jones está también siendo incluida en la Fundamental Baptist Library [Biblioteca Bautista Fundamentalista] en CD que estamos preparando. La fecha probable de publicación es septiembre del 2000. Éste está diseñado para trabajar tanto para sistemas de computadoras IBM y Macintosh. Daremos más información sobre este próximo CD en los meses venideros, si el Señor quiere. El siguiente extracto es de la sección de la historia de Jones sobre la instauración de la inquisición católico romana.
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No fue hasta alrededor del año 1200, siendo la silla papal ocupada por INOCENCIO III en que los términos "inquisición a la herejía", e "inquisidor" fueron oidos mucho, si es que no totalmente. Los obispos, y sus vicarios, no siendo para el entendimiento del papa, ni tan aptos ni tan diligentes en el cumplimiento su deber respecto a la extirpación de la herejía como él pensaba necesario, dos nuevas órdenes de regulares fueron instituidas en este tiempo, a saber la de Santo Domingo y la de San Francisco, ambas celosamente devotas de la iglesia, y compuestas de personas para las cuales el avance del cristianismo, y la exhaltación del poder pontifical, fueron siempre términos sinónimos. Se atribuye a Santo Domingo, verdaderamente, el honor de haber sugerido primero la formación de esta extraordinaria corte. No estuvo, sin embargo, al principio, sobre el mismo fundamento sobre los cuales se mantuvo más tarde, y sobre el cual ha continuado desde entonces. Los primeros inquisidores estaban investidos con una doble capacidad, no muy felizmente combinadas en las mismas personas; una era la de predicadores, para convencer a los herejes por argumentos; la otra la de perseguidores, para incitar a los magistrados a emplear todo método posible para extirpar a los intransigentes --es decir, todos los que eran tan irracionales como para no ser convencidos por los profundos razonamientos de aquellos despiadados fanáticos y míseros sofistas.
DOMINGO descendía de una ilustre familia española de nombre Guzmán, era el hijo de Félix y Juana, y nació en el pueblo de Cabaroga, en el año 1170, en la diócesis de Osma. Su madre durante su embarazo, se dice que tuvo un sueño en el que ella estaba preñada con cachorro, que llevaba una antorcha encendida; que después de su nacimiento, alborotó al mundo por sus fieros ladridos, y finalmente le prendió fuego con la antorcha que llevaba en su boca. Sus seguidores han interpretado este sueño, en relación a su doctrina, por la cual él iluminó al mundo; mientras que otros, si los sueños presagian alguna cosa piensan que la antorcha era un emblema de aquel fuego y leña por las cuales una infinita multitud de personas fueron quemadas hasta las cenizas. [History of the Inquisition de Limborch, Volumen 1. capítulo 10.] Él fue educado para el sacerdocio, y se hizo el más fiero y el más sanguinario de los mortales. Antes de su tiempo cada obispo era una especie de inquisidor de su propia diócesis; pero Domingo ideó incorporar un grupo de hombres, independiente de todo ser humano excepto el papa, para el expreso propósito de atrapar y destruir cristianos. Él estaba bien conciente, de que no importaba cuan fuertemente los sacerdotes declamaran contra la herejía, los señores de la tierra no soportarían que ellos mataran salvajemente a sus arrendatarios bajo unas pretensiones tan vanas. En Vizcaya, el clero estaba en una muy baja posición, en el siglo undécimo, y el clero se quejaba al rey de Navarra que la nobleza y la clase acomodada los trataba a ellos muy poco mejor que a sus esclavos, empleándolos principalmente sólo para criar y alimentar sus perros. Casi un siglo después de ese tiempo, en un estado vecino, cuando el renombrado San Bernardo comenzó, en un sermón a un público muy grande, a atacar furiosamente contra la herejía, toda la nobleza y la clase acomodada se levantó y dejó la iglesia, y el pueblo les siguió. El predicador se bajó y se dirigió al mercado, en donde intentó arengar sobre el mismo asunto; pero el populacho, más sabio que el predicador, rehusó oirle, y levantó tal clamor que ahogó su voz, y le obligó a desistir. Sólo quedaba un recurso, --Bernardo recordó que Jesús había ordenado a sus apóstoles, en ciertos casos, a sacudir el polvo de sus pies, y como él pensaba que era un apóstol y que había recibido el mismo mandato, asumió imitar el ejemplo. Dejó la ciudad, sacudió sus pies, y maldijo a los habitantes exclamando, "Que el Todopoderoso castigue a esta ciudad con una sequía". Hasta aquí llegó la ira del Catolicismo al comienzo del siglo XII, y aquí sus orgullosas olas fueron frenadas; pero al comienzo del siglo XIII, aproximadamente en el año 1215, Domingo derribó la represa, y cubrió a Tolouse con una marea de despotismo manchada sangre humana. La posteridad apenas creerá que este enemigo de la humanidad, después de formar una raza como él mismo, primero llamada de predicación, y luego monjes Dominícos, murió en su cama, fue canonizado como un santo, venerado como una deidad, y propuesto como un modelo de piedad y virtud a las generaciones siguientes. [Ecclesiastical Researches de Robinson, p. 321]. El Dr. Geddes, nunca dice que hubo semejante gentuza en el mundo como una lista de los santos españoles. Los más destacados de ellos son seres ideles, o paganos, o entusiastas; pero los últimos son santos con gran furia, porque todos sus pasos al Paraíso están marcados con sangre humana.
Los inquisidores, al principio no tenían tribunales; ellos simplemente averiguaban acerca de los herejes, su número, fuerza, y riquezas. Cuando los detectaban, informaban a los obispos, que hasta ese tiempo, tenían el poder exclusivo para juzgar en asuntos eclesiásticos, urgiéndolos para maldecir, proscribir, o castigar de otra forma a tales personas heréticas a medida que las traían delante de ellos. Es verdad, dice el obispo Burnet, refiriéndose a estos tiempos, la iglesia afirmaba que no derramaría sangre; pero todo esto era un engaño insoportable. Porque los clérigos declaraban quienes eran herejes, y se requería que el brazo secular estuviera siempre dispuesto para ejecutar su sentencia. Esto no era solamente reclamado por los obispos, sino que era una parte de su juramento en su consagración, "que ellos debían oponerse y perseguir a los herejes con el máximo de su poder" [Miscellaneous Tracts, volumen 1]. Ellos no estaban satisfechos de proceder por las reglas comunes de la justicia, basada en acusaciones y testimonios; sino que todas las formas fueron reemplazadas, y por la virtud de su autoridad pastoral, como si ella les hubiera sido dada para afligir a sus ovejas y no para alimentarlas, ellos endilgaban cosas a sus prisioneros por sospecha, requiriéndoles exculparse por juramento. Y porque los obispos quizás no fueron todos igualmente celosos y crueles, aquellos sanguinarios hombres dominícos, tomaron la tarea de hacer este trabajo, y su orden desde entonces ha provisto al mundo con un grupo de inquisidores, comparados a los cuales todos los que habían alguna vez torturado, en algunos tiempos anteriores eran meros chapuceros. [Comentarios respecto a la Persecución del Obispo Burnet, antepuesto a su traducción del Relato de las Muertes de los Perseguidores Primitivos de Lanctantius. Aunst. 1687. p. 34, etc.]
A veces ellos incitaban a los príncipes para que armaran a sus súbditos contra ellos, y en otros tiempos inflamaban a las multitudes, que ellos mismos dirigían, para que tomaran las armas y se unieran en la extirpación de ellos. Los que pudieron imponerse para dedicarse a este servicio, obtenían el título de cruzados, y eran distinguidos con una cruz de tela pegada a sus vestimentas. Este distintivo operaba como un hechizo sobre el engañado pueblo, que, si estaba enfervorizado antes, ahora se volvía enfurecido, y, como uno alegremente lo expresa, fueron elevados a una especie de virtud más allá de lo celestial, que desafía todos los límites de la razón y la humanidad. Las cosas permanecieron bastante en este estado hasta alrededor del año 1250; es decir, por medio siglo.
Durante este período los esfuerzos de los inquisidores fueron apoyados grandemente por el emperador de los romanos, FEDERICO II quien en el año 1224, promulgó, desde Padua, cuatro edictos en contra de los herejes, con una descripción sumamente feroz y sanguinaria, dirijidos a sus amados príncipes, los venerables arzobispos, obispos, y otros prelados de la iglesia; a los duques, marqueses, condes, barones, gobernadores, jueces, ministros, oficiales, y a todos sus fieles en todo el imperio. En estos edictos el toma a los inquisidores bajo su protección, impone sobre los obstinados herejes el castigo de ser quemados hasta morir, y la prisión perpetua sobre el arrepentido, encargando la apreciación del crimen a los eclesiásticos, y la condena de los criminales, así como la ejecución del castigo, a los jueces seculares. Como el objetivo de todos estos sanguinarios edictos era principalmente destruir a los Valdenses o a los Albigenses, no puede ser extraño a nuestro propósito dar una muestra del espíritu que emanaba de todos ellos.
"El cuidado del gobierno material", dice su Majestad, "encomendado a nosotros desde el cielo, y sobre el cual presidimos, requiere de la espada material, que nos es dada separadamente del sacerdocio, contra los enemigos de la fe, y para la extirpación de la depravación herética, que deberíamos perseguir con juicio y justicia a aquellas víboras e hijos traidores que insultan al Señor y su iglesia, como si ellos arrancaran las mismas entrañas de su madre. No soportaremos que estos miserables vivan quienes infectan al mundo por sus doctrinas seductoras, y quienes, siendo ellos mismos corruptos, más penosamente contaminan el rebaño de los fieles". Él luego prosigue para pronunciar la más espantosa sentencia contra todas las personas condenadas de herejía, contra todos los que puedan estar ocupados como defensores de ellos, y contra todos los que puedan ser detectados recibiéndolos y apoyándolos, condenando su persona, deshederando sus hijos, y confiscando sus propiedades.
El segundo edicto, aunque no menos sanguinario, fue más definido en su objeto, ya que expresa tener directamente en vista la destrucción de la secta de los Paterines, de quienes, será recordado, un relato especial ha sido dado en una sección posterior. El lector tendrá una muestra. "Los herejes se están esforzando para razgar la capa sin costura de nuestro Señor, y enfureciendo con palabras engañosas, luchan por dividir la unidad de la misma fe invisible, y de separar las ovejas del cuidado de San Pedro, a quien ellas fueron encomendadas por el Buen Pastor, para ser alimentadas. Estos son los lobos rapaces que están adentro, que fingen la mansedumbre de las ovejas, para poder entrar mejor en el redil del Señor. Estos son los peores ángeles --los hijos de desobediencia, del padre de la maldad-- destinados para engañar a las almas simples. Estos son víboras que engañan a las palomas --serpientes que se arrastran en privado, y bajo la dulzura de miel, vomitan veneno; así que mientras pretenden administrar la comida de vida, pican con sus colas, y mezclan el veneno más amargo en la copa de la muerte--. Ellos se llaman a sí mismos PATERINES, siguiendo el ejemplo de los mártires. Estos miserables Paterines, que no creen en la eterna Trinidad, por su enredada maldad ofenden a tres, a saber Dios, a sus prójimos, y a ellos mismos. A Dios, porque no reconocen al Hijo y la fe verdadera --ellos engañan a sus prójimos, cuando bajo la pretensión de dar alimento espiritual, suministran las delicias de herética depravación-- pero su crueldad consigo mismos es aún más salvaje, ya que, además de perder sus almas inmortales, exponen sus cuerpos a una muerte cruel, siendo derrochadores de sus vidas y sin temor a la destrucción, de la que podrían escapar reconociendo la verdadera fe, y, lo que es horrible expresar, los que les sobreviven no son aterrorizados por sus ejemplos. Contra semejantes enemigos de Dios y los hombres no podemos contener nuestra indignación, ni rehusar castigarles con la espada de la justa venganza, pero los perseguiremos con el mayor vigor, mientras ellos surjan para esparcir más ampliamente los crímenes de su supertición, para el más evidente perjuicio a la fe cristiana, y a la iglesia de Roma, que está establecida para ser la cabeza de todas las otras iglesias". El edicto prosigue luego para denunciar a cada uno condenado por pertenecer a la secta de los Paterines, como culpables del crimen de alta traición --para ser castigado con la pérdida de su vida y bienes, y su memoria hecha infame. Éste ordena que esa esa estricta investigación sea hecha por los oficiales, de todas maneras cuando se cometan aquellos crímenes, y dondequiera exista la más pequeña sospecha, que los tales sean examinados por los eclesiásticos y prelados, y si son encontrados errando en un punto de la fe católica, ellos son, en caso de obstinación, por ese edicto condenados a sufrir la muerte, --a ser ejecutada por el castigo de las llamas, y a ser quemados vivos a la vista pública-- prohibiendo a todos, so pena de provocar la indignación imperial, el interceder por tales personas.
["Paterines, siguiendo el ejemplo de los mártires." No obstante la oscuridad que hay sobre la etimología de este nombre, ¿no parece evidente por este Edicto Imperial, que éste era entendido entonces haber sido otorgado a estas personas debido a los sufrimientos a que fueron expuestos --y si es así, no podría haberse derivado del verbo latino Pati, "sufrir?"]
La tercer ley es como sigue:
"Condenamos a los que reciben a los Paterines, a sus cómplices, y asociados, a la confiscación de sus bienes, y al perpetuo destierro, quienes por su preocupación para salvar a otros, no tienen temor o consideración por ellos mismos. Sus hijos no deben ser de ningún modo admitidos a honores, sino siempre considerados infames, ni deben ser aceptados como testigos en ninguna causa en las cuales son rechazadas las personas infames. Pero si los hijos de aquellos que favorecen a los Paterines descubrieran a alguno de ellos, de modo que resultara condenado, deben ser dejados, como el premio de su aceptación de la fe, deben ser enteramente restaurados por nuestro favor imperial, a su perdido honor y estado.
En el cuarto edicto su Majestad Imperial se complace en proceder así, "Condenamos a perpetuo deshonor, retiramos nuestra protección, y ponemos bajo nuestra prohibición, [para el significado de esto, el lector puede recurrir al volumen 1, capítulo 4] a los Puritanos, Paterines, Arnoldistas, Passignes, Josephines, Albigenses, Valdenses, etc. y todo otro hereje de uno u otro sexo, y de cualquier nombre; y ordenamos que sus bienes puedan ser así confiscados como para que sus hijos nunca puedan heredarlos, puesto que es mucho más atroz ofender la majestad eterna que la temporal." Entonces prosigue para condenar a todas las personas sospechosas, como herejes, si ellas no se purifican en un año --ordena a los oficiales a exterminar a los herejes de todos los lugares que dependan de ellos-- ordena que las tierras de los barones sean apoderadas por los católicos, si ellos no las libran de herejes, dentro de un año después de apropiada advertencia, y ordena varios castigos contra todos los que favorezcan a herejes--cerrando así el terrible catálogo: "Además, ponemos bajo nuestra prohibición a aquellos que crean, reciban, defiendan, y favorezcan a herejes; ordenando que si alguna persona rehusara a dar reparación dentro de un año después de su excomunión, será, ipso jure [por ministerio de la ley], infame, y no admitida a ninguna clase de oficio público--sin derecho a dejar testamento, y sin tener el poder de hacer un testamento, ni de recibir ninguna cosa por sucesión o herencia. Además, no se permita que alguien responda por él en ningún asunto, pero él debe ser obligada a responder por otros. Si fuera un juez, su sentencia debe ser dejada sin efecto, ni alguna causa ser oída delante de él. Si es un abogado, nunca debe ser admitido a alegar en la defensa de alguno. Si es un notario, ningún instrumento hecho por él debe ser considerado válido. Nosotros agregamos, que un hereje puede ser inculpado por un hereje, y que las casas de los Paterines sus cómplices y favorecedores, tanto donde ellos enseñaron, como donde impusieron sus manos sobre otros, serán destruidas, para nunca ser reconstruidas." --Fechado en Padua, el 22 de febrero de 1224. [El lector encontrará estos Edictos enteros en el primer volumen de la Historia de la Inquisición de Limborch, capítulo 12, 401].
Sería difícil de imaginar alguna cosa más infame que estos edictos, en la práctica de la tiranía espiritual; y aunque, por causa de las cirscunstancias de los tiempos, y las diferencias que pronto surgieron entre el papa y el emperador, no tuvieron todo el efecto que podría haber sido esperado, es, no obstante, cierto que la inquisición fue grandemente promovida por ellos. Ellos fueron aprobados y confirmados por el papa, e incorporados en sus bulas, y en el transcurso del tiempo, el espíritu de persecución que los impregnaba, vino gradualmente a ser incorporado en las leyes de casi todo país en Europa.
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El tribunal de la inquisición, que aunque no fue el padre, ha sido la niñera y tutora de la ignorancia y la superstición en cada reino en el que fue admitido, fue introducido en España por FERNANDO E ISABEL, y fue principalmente con el objetivo de impedir la recaída de los judíos y moros, que habían sido convertidos, o que aparentaban estar convertidos, a la fe de la Iglesia de Roma. Su autoridad, sin embargo, no estuvo limitada a los judíos y los moros, sino que se extendió a todos aquellos que en sus prácticas u opiniones diferían de las de la iglesia establecida. En los reinos unidos de Castilla y Aragón, había dieciocho diferentes cortes inquisitoriales, teniendo cada una de ellas sus consejeros, llamados inquisidores apostólicos; sus secretarios, sargentos, y otros oficiales; y además de estos había veinte mil auxiliares de la inquisición dispersos por todo el reino, que actuaban como espías e informantes, y fueron empleados para arrestar a todas las personas sospechadas, y a entregarlos para ser juzgados, en las prisiones que pertenecían a la inquisición. Por estos auxiliares, fueron apresadas personas con escasas sospechas, y en contradicción a las reglas de justicia establecidas, fueron torturadas, juzgadas y condenadas por los inquisidores, sin ser confrontados, ni con sus acusadores, ni con los testigos por cuyas evidencias ellas fueron condenadas. Las desdichadas víctimas fueron extranguladas o entregadas a las llamas, o cargados con cadenas, y encerrados en calabozos mientras con vida -- sus bienes confiscados, y sus familias humilladas con infamia.
Esta institución fue, sin dudas, bien calculada para producir una uniformidad de profesiones religiosas, pero también tuvo una tendencia a destruir la dulzura de la vida social; a desterrar toda libertad de pensamiento y palabra; a perturbar las mentes de los hombres con los temores más inquietantes, y a producir la más intolerable esclavitud, reduciendo a las personas de todo rango en la vida a un estado de vil dependencia a los clérigos; cuya integridad, aunque fuera más grande que aquella de otros hombres, como en cada falsa profesión de religión ello no es así, deben haber sido corrompidos por la descontrolada autoridad que les fue permitida ejercer. Este tribunal trajo un cambio visible en el temperamento del pueblo, y el retraimiento, la desconfianza, y la envidia se hicieron las características distintivas de un español. Éste confirmó y perpetuó el reino de la ignorancia y la superstición; inflamó la ira de la intolerancia religiosa, y por los crueles espectáculos a los que, en la ejecución de sus decretos, éste familiarizó al pueblo, éste alimentó en ellos aquel feroz espíritu, que en los Países Bajos y en América manifestaron por obras que han dejado un reproche imborrable al nombre de español. Autores de indudable buena reputación afirman, y sin la menor exageración, que millones de personas fueron arruinadas por esta horrible corte. Los moros fueron desterrados, un millón a la vez. Seiscientos mil u ochocientos mil judíos fueron expulsados al mismo tiempo, y sus inmensas riquezas apoderadas por sus acusadores, y distribuidas entre sus perseguidores, mientras miles fingieron, y profesaron ser cristianos solamente para ser perseguidos más tarde. Herejes de todos los rangos y de diversos nombres fueron apresados y quemados, o escaparon a otros países. La oscuridad del despotismo ensombreció toda España. La gente al pricipio razonó, y se rebeló, y mató a los inquisidores --los ancianos murmuraron y murieron-- la siguiente generación se inquietó y se lamentó, pero sus descendientes fueron completamente amansados por la educación; y los españoles son ahora instruídos por los sacerdotes para temblar ante la idea de pensar por ellos mismos. Ese honor a su país y de la naturaleza humana, el fallecido señor Howard, dice, cuando vio la inquisición en Valladolid, "No podía sino observar, que aún la vista de esto producía terror a la gente común cuando ella pasaba." "Ello es designado", agrega él, por un monstruoso abuso de palabras, "la santa apostólica corte de la inquisición".
Una simple descripción de los procesos judiciales de la inquisición ha conmocionado al mundo, y la crueldad de ésta ha llegado a ser proverbial. Nada mostró nunca tan plenamente a los ojos de la humanidad el espíritu y carácter de la religión papal. "Los cristianos", dice Tertuliano, "fueron llamados frecuentamente no christiani, sino chrestiani, por la mansedumbre de sus maneras , y la dulzura de sus temperamentos. Jesús mismo era la esencia de la benignidad. Sus apóstoles fueron tiernos, igual que una nodriza que acaricia a sus niños. Pero que terrible contraste es exhibido en esta horrorosa corte de inquisición papal". Oigamos la descripción que Voltaire, un muy competente testigo da de ésta. "Su forma de proceder", dice él, "es una manera infalible de destruir a quienes los inquisidores deseen. Los prisioneros no son confrontados con los acusadores o denunciantes. Ni hay un denunciante o testigo que no sea escuchado. Un notorio condenado, un célebre criminal, una persona infame, una habitual prostituta, un niño, son en el santo oficio, aunque no en ningún otro lugar, creíbles acusadores y testigos. Aún el hijo puede testificar contra su padre, la esposa contra su marido". Al desventurado prisionero no se le hace conocedor de su crimen ni quienes son sus acusadores. Pues siéndole dicho lo uno podría posiblemente llevarle a adivinar lo otro. Para evitar esto, él es obligado, por el tedioso encierro en un repugnante calabozo, donde él nunca ve un rostro excepto el del carcelero, y no se le permite el uso ni de libros o pluma y tinta --o si el encarcelamiento solo no fuera suficiente, él es obligado, por la más feroz tortura, a informar contra sí mismo, a descubrir y confesar el crimen puesto a su cargo, del cual él es frecuentemente ignorante. "Este procedimiento", dice nuestro historiador, "nunca oído hasta la institución de esta corte, hace estremecer al reino completo. La sospecha reina en cada pecho. La amistad y la tranquilidad han terminado. El hermano teme a su hermano, el padre a su hijo. Por ello la reserva ha venido a ser la característica de una nación, dotada con toda la vivacidad natural de los habitantes de un cálido y fructífero clima. A este tribunal igualmente debemos imputar esa profunda ignorancia de la sana filosofía en la que España está enterrada, mientras que Alemania, Inglaterra, Francia, y aun Italia, han descubierto tantas verdades, y ampliado la esfera de nuestro conocimiento, Nunca la naturaleza humana es tan corrompida, como cuando la ignorancia es armada con poder" [Historia Universal de Voltaire, volumen 2, capítulo 118].
Pero estos efectos de melancolía de la Inquisición son algo insignificante cuando son comparados con aqellos sacrificios públicos, llamados AUTOS DE FE, [la ceremonia católica de quemar herejes en la hoguera], y a las espantosas barbaridades que los precedían. Un sacerdote con una vestidura blanca, o un monje que ha prometido mansedumbre y humildad, ocasiona que su prójimo sea torturado en una sombría mazmorra. Un escenario es levantado en el mercado público, donde los prisioneros condenados son conducidos a la hoguera, acompañados con un cortejo de monjes y confraternidades religiosas. Ellos cantan salmos, dicen misa, y despedazan al hombre. Un nativo de Asia había llegado a Madrid en un día de una ejecución de esta clase, sería imposible para él decir si esto era un festejo, un sacrificio, o una masacre; ¡y todavía ser todo esto junto! Los reyes, cuya sola presencia en otros casos es el anticipo de misericordia, asisten a este espectáculo descubiertos, sentados más abajo que los inquisidores, y son expectadores de sus súbditos expirando en las llamas. Los españoles reprocharon a Montezuma por inmolar sus cautivos a sus dioses; ¿qué habría dicho él, si hubiera contemplado un "Auto de Fe"?
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